“Yo no soy el rey. Yo no tengo que dar el ejemplo… La
pequeña Antígona, la sucia bestia, la tozuda, la mala, hace lo que le pasa por
la cabeza, y después la meten en un rincón o en agujero. Y lo tiene merecido.
¡Bastaba con que no desobedeciera!”. Antígona
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| Antígona frente a Polínices, pintura de Nikiphoros Lytras (1865) |
¿Hasta qué
punto conozco las consecuencias de mis actos? ¿Debo conformarme con lo que se
espera de mí? ¿Tengo verdadera libertad de elegir mi destino? Este tipo de
preguntas han sido discutidas ad náuseam por muchos intelectuales. Una de las
mejores obras que plantea este debate es la tragedia griega Antígona, de
Sófocles. Su capacidad de registrar lo inconsciente es tal que ha permanecido
vigente; recobró importancia luego de la Segunda Guerra Mundial. El
conflicto resultante entre sistemas de valores opuestos dejó 70 millones de
muertos, según algunos cálculos.
Una característica esencial de la sociedad moderna es el
individualismo, la consciencia del yo; de lo que me distingue. Esto conlleva la
construcción de un mundo desde el cual el individuo interpreta y crea
jerarquías entre los valores, que son enseñados por la sociedad. En la
adaptación de Anouilh (1943), Antígona transgrede los valores que se le
han impuesto y actúa según lo que dicta su fuero interno; trasciende su rol de
noble y se convierte en un verdadero individuo. Pero ese fuero interno, entendido
como la conciencia individual, se pone frente a la existencia pública,
exterior, y a las leyes que rigen la sociedad. Se crea una pugna: el
“choque de una naturaleza y gravedad inseparables de la condición histórica y
social del hombre”. El perseguir el cumplimiento de las necesidades internas y
el poner en evidencia mi identidad y mi espíritu, demuestra una acción de
“índole inherentemente agonística y conflictiva”, igual de trágica que
los conceptos que podrían explicar las condiciones psíquicas, históricas y
sociales del humano.
Según lo que dice
Alasdair MacIntyre, en "Las virtudes en Atenas", las demandas de la
familia y las de la polis aparecen como exigencias que se contradicen y son
incompatibles. Antígona busca rendirle honores y ser justa al enterrar a su
hermano, pero según lo que había dictado la ley de Creón, ¿eso era lo justo?
Nos damos cuenta de que una misma virtud puede tener concepciones distintas (y
puede surgir la incompatibilidad de virtudes) y esto nos lleva a preguntarnos: ¿es
posible que Antígona haya sido justa actuando en desacuerdo con la diké, el
orden del universal?
George Steiner, en su ensayo “Antígonas”, describe cómo la lucha de quien se opone conscientemente al poder superior del destino, inaccesible a fuerzas naturales y a modificaciones, honra su libertad, la cristaliza y hace valer su significado sin importar las consecuencias, todas trágicas por naturaleza. La “lúcida compulsión a obrar polémicamente (...) determina la sustancia de su yo”, refiriéndose a la protagonista. Cuando Creón cuestiona a Antígona el porqué de sus intenciones al preguntarle “(...) ¿por qué adoptas esa actitud? ¿Para los demás, para los que no creen? ¿Para alzarlos contra mí?", ella simplemente responde :“Para nadie, para mí”, y más tarde le pediría al rey no enternecerse con ella al tratar de salvarla de la muerte por un conflicto político:“(...) haga como yo. Haga lo que tiene que hacer”.
Ella sabe qué debe hacer, pero también conoce qué le espera si rompe el edicto y entierra a su hermano; lo hace en busca de satisfacer sus impulsos, balanceándose entre lo apolíneo y dionisíaco. Por otra parte, Creón debe hacer cumplir la ley, pues cree conocer la importancia del tercero. Él ignora que, al condenar a Antígona, también sentenció a Hemón y a Eurídice; probablemente a otras personas que nunca conocerá. Lo crucial es entender que la sophrosyne (moderación), y la dikayosine (respeto) son modelos que nos acercan al reconocimiento del otro, a evitar la imposición de ideas y la supresión de voluntades. Este será un ideal planteado ante la inherente conflictividad del humano, pero nunca es fácil: veremos a Antígona representarse muchas veces más en este escenario que llamamos mundo, siempre lleno de tragedias anónimas.
Emmanuel Levinas afirma que “la falta social se comete sin que yo lo sepa (….) la intención no puede acompañar el acto hasta sus últimas estribaciones, no obstante, el yo sabe responsable de sus últimas prolongaciones”. Esto se observa en “Antígona”, cuando Creón decide recoger los cuerpos destrozados de Polinice y Eteocles ya que “(...) he tenido que convertir en héroe a uno de ellos”. El rey no tenía la intención de perjudicar a su pueblo mintiéndoles respecto a la muerte de los hijos de Edipo sino, por el contrario, buscaba desempeñar su papel. Sin embargo, Creón sabía que si la mentira ocasionaba alguna consecuencia, él iba a ser el responsable.
Por otra parte, Levinas habla de la piedad y cómo “(…) el yo dueño de sus intenciones se
conforte con el perdón”. Esto se evidencia en El Poema de la Fuerza
de Simón Weil cuando afirma que “Es necesario, para respetar la vida
de otro cuando se ha debido mutilar en sí mismo toda aspiración a la vida, un
esfuerzo de generosidad que rompe el corazón”. Ambos autores abarcan el
tema del perdón, de la compasión y de la misericordia ante otros hombres.
Lo anteriormente dicho se puede ver reflejado cuando inicialmente Creón quiere
disculpar a Antígona y salvarla de la muerte como castigo por tratar de
enterrar a su hermano.
Se evidencia, entonces, un conflicto inherente y cíclico en la tragedia. Luego de finalmente descifrar cuál es el rol propio en la existencia, el "qué le debo yo como hombre a los otros hombres" y ejecutarlo, sucede algo paradójico: las acciones propias repercutirán inevitablemente en otros hombres , y esto será responsabilidad del mismo hombre, aunque su intención no haya sido esa. Anteriormente hablábamos de virtudes incompatibles, pero hay una en especial que es fundamental: la justicia. ¿Qué es más justo? ¿Actuar según lo que nos corresponde ser en el mundo, así eso implique perjudicar a terceros? ¿O no perjudicarlos al no desempeñar nuestro rol? El héroe siempre optará por la primera alternativa, la cual será causante principal de la fatalidad.


Gracias por tan hermosa y completa entrada. Si bien siento que ponen demasiado acento en la fatalidad y dejan por fuera a Weil, Lledó y otros.
ResponderEliminarGracias por comentar en todas las entradas, profe. Apreciamos sus observaciones.
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